
Hace unos meses conocí la historia de una persona que llevaba tiempo reflexionando sobre muchas cosas.
Parando. Pausando. Mirando hacia atrás y preguntándose qué quería realmente.
Hubo un tiempo en su vida en el que pensó que el “éxito” se medía en aplausos, en la cantidad de gente con la que te rodeas, en que te reconozcan, te elijan, te miren…
Hasta que entendió que, muchas veces, eso solo es una mochila cargada de carencias.
Con el tiempo se cansó de tener que demostrar su valor.
Porque sabía quién era:
Una persona inquieta, creativa, directa, comprometida. De esas que preguntan, proponen, buscan soluciones, aprenden continuamente y no se conforman con hacer las cosas porque “siempre se han hecho así”.
Y también entendió algo incómodo:
Lo auténtico incomoda.
La sinceridad incomoda.
Que alguien tenga las cosas claras incomoda.Y, a veces, que alguien brille también.No porque esté haciendo nada malo.
Sino porque puede hacer que otros vean sus propias inseguridades.
Y esto también ocurre en el trabajo.
Hay personas que aportan, que tienen iniciativa, que quieren crecer, que asumen responsabilidades, que proponen ideas y que tienen capacidad para mucho más de lo que su puesto refleja.
Y, en determinados entornos, en lugar de verse como una oportunidad, se perciben como una amenaza.
Entonces empiezan a pasar cosas.
Se les da más trabajo, más responsabilidades, más tareas…
Pero no necesariamente más oportunidades.
Se les escucha menos.
Se les frena.
Se les hace sentir que quizá todavía no están preparados.
Y llega un momento en el que esa persona se pregunta:
¿Tengo que seguir demostrando mi valor para que alguien decida verlo?
Y la respuesta fue no.
No quiero mendigar oportunidades.
No quiero convencer a nadie de mi valor.
No quiero dejar de ser yo para encajar.
Porque que alguien no vea tu potencial no significa que no lo tengas.
Que alguien no te dé una oportunidad no significa que no estés preparado para ella.
Y que todavía no te hayan elegido no significa que no seas elegible.
A veces confundimos perseverar con insistir eternamente en la misma puerta.
Y no.
Perseverar es seguir caminando hacia aquello que quieres.
También puede significar cambiar de camino.
Buscar otro lugar.
Otra oportunidad.
Otro entorno donde lo que eres no sea un problema, sino precisamente lo que necesitan.
Un liderazgo seguro no necesita apagar estrellas.Las necesita.
Porque las estrellas no compiten entre ellas.✨
Simplemente brillan.
Y quizá el verdadero éxito no sea conseguir que todo el mundo te mire.
Quizá sea dejar de necesitar que lo hagan.
Saber quién eres.
Saber lo que puedes aportar.
Y tener el valor de irte de donde tienes que hacerte pequeño para poder encajar.
Porque a veces el siguiente paso no está en conseguir que se abra una puerta.
Está en dejar de empujarla.Y buscar otra.
#Spcoaching




















